Hay algo que los brutos prehumanos de todos los países no entienden: que para ser humanos hay que cumplir ciertas normas (p.ej. no matar o no secuestrar o no molestar) que estén de acuerdo con unos valores sociales, constructivos y humanos (p.ej. el respeto a los derechos de los demás o la solidaridad o la igualdad). Solo cumpliendo esas normas y esos valores nos vamos convirtiendo en seres humanos, tarea que dura toda la vida. Si no hacemos eso, seguimos siendo solo brutos, por mucho dinero o poder que se tenga.
El problema fundamental de la vida es un problema ético. ¿Cómo actuar hoy para crear un mundo más humano? ¿Cómo actuar de manera humana para crear un mundo mejor?
lunes, 5 de enero de 2026
viernes, 9 de febrero de 2024
La nueva naturalidad
-Yo hago lo que me da la gana, ni más ni menos. No acepto que nadie me dé órdenes, sobre todo si no lo conozco. Me visto como me da la gana, y a quien no le guste que se joda. A veces alguien me da la vara con las normas. No existen las normas. Eso que llaman normas no son más que maneras de quitarle la libertad a las personas y de esclavizarlas. Te lo repito: yo hago lo que me da la gana, porque yo soy lo más importante, lo único importante. ¿Por qué le voy a ceder el paso yo a nadie en una acera, o a un peatón cuando quiere cruzar un paso de cebra? Somos individuos, y cada uno va a lo suyo. Hay gente que se molesta con nada: con una risotada, con un grito o con la música alta. Me da igual. Tengo derecho a hacer lo que me dé la gana. Bastante es tener que aguantar que no pueda fumar en donde me apetezca. Soy libre y nadie puede quitarme mi libertad. La gente no sabe el gusto que da hacer lo que a uno le apetezca en cada momento. La gente es muy antigua y, además, muy artificial. Hay quienes no parecen seres humanos, sino robots que cumplen reglas estúpidamente. Les diría que descubrieran la nueva modernidad, la nueva naturalidad, pero no se lo digo. No son más que unos viejos con pocas ganas de vivir y con poco futuro. Que les den. -me dijo.
-¿Y tú qué le dijiste?
- Nada. Bastante tiene con elegir vivir y morir solo.
miércoles, 6 de diciembre de 2023
Día de la Constitución
Día de la Constitución. La Constitución es la ley más importante de todas, porque es aquella en la que se basan todas las demás leyes.
Hay que cumplir la Constitución Española si se quiere ser un ciudadano español maduro y cabal, un patriota no de palabra, sino de obra.
Pero creo que más importante aún que cumplir la Constitución es cumplir la ley, cumplir las leyes. Observo una especie de absurda soberbia existencial en muchos ciudadanos, que no solo no cumplen las leyes (véase el tráfico, los impuestos, etc.) sino que tampoco cumplen ciertas normas básicas para la convivencia, como el respeto a los otros, la igualdad de derechos de todos, el mantenimiento de la ciudad limpia, no abusar de los precios, no difundir mentiras que se sabe que lo son y tantas otros aspectos de la vida cotidiana.
Tengo la impresión que se está gestando un ser humano bruto, individualista, ignorante, prepotente, incapaz de racionalizar sus opiniones y sus acciones, que cree que está solo en el mundo y que puede hacer en él lo que le dé la gana.
No se puede hacer nada bien sin seguir unas normas. El afán de no cumplirlas y la terrible ausencia de una educación a los hijos están resquebrajando la humanidad del ser humano y no sé qué va a salir de esa situación creciente.
miércoles, 6 de septiembre de 2023
Los efectos de la incultura / 1
Ya se notan con claridad en la vida cotidiana los efectos molestos y degradantes de la incultura. Han transcurrido demasiados años en los que muchos padres y madres se han olvidado de educar humanamente a su prole y de que se empequeñecieran o desaparecieran de los planes de estudio las asignaturas que hacían reflexionar a los alumnos y a las alumnas y ayudaban a desarrollar su pensamiento crítico. Ahora vivimos de esas inacciones y de esas ausencias.
La cultura es la manera de vivir como seres humanos entre el resto de seres humanos, sin que haya que prescindir de ninguno y sintiéndose todos relacionados con los demás, precisamente por su humanidad.
La cultura es distinta de la instrucción. Esta se adquiere en la escuela, desde el parvulario a la universidad, y desarrolla en el ser humano su capacidad de convertirse en un experto en algo. La cultura, en cambio, se comienza a construir en la familia, en donde se adquiere la costumbre de tener buenas conductas y de asimilar en la vida valores humanos, constructivos y solidarios. El contenido de estas conductas y estos valores conseguidos en la familia se justifican luego en la escuela: si en casa te inculcan la norma del respeto a los demás, en la escuela te deberían dar las razones de por qué hay que hacerlo, o si en casa te dicen que hay que comer despacio y masticando mucho, en la escuela te deberían decir el porqué de tan higiénica costumbre, o si en casa te han acostumbrado a seguir la norma de ser solidario, en la escuela tendrían que justificarte por qué es más humano ser solidario que egoísta.
Sin embargo, se ha ido extendiendo la práctica de no acostumbrar al joven, ni en la familia ni en la escuela, a seguir normas para desarrollar una vida humana, ni a desarrollar los valores convenientes para tal propósito, con lo cual no solo ha salido de la mente del ciudadano la ética, sino que su vida se ha ido empobreciendo y embruteciendo, hasta hacerla muchas veces desagradable para los demás y difícilmente vivible para todos.
Los valores que convierten a alguien en un ser humano y al mundo en un lugar de acogida para todos se han ido convirtiendo en rarezas, dando paso a la figura del bruto con aspecto humano, pero bruto. Se echan en falta el respeto, la libertad, la igualdad... La solidaridad ha desaparecido de la práctica común, siendo sustituida cada vez más por un individualismo absurdo y un deseo egoísta de acaparar dinero de la manera que sea -porque vale cualquier método- y a costa de quien sea. Algunos zoquetes con intereses han hecho creer a los más vacíos que la libertad no consiste en ser capaz de hacer lo que se debe hacer, el bien, sino en elegir los caprichos que cada cual tenga o los que pueda pagarse. La igualdad, que se concreta en las igualdades, va cuesta abajo, porque aún hay muchos contravalores egoístas y particulares en la mente de muchos ciudadanos. Todavía hay, por ejemplo, quienes creen, dejándose llevar por una ignorancia injustificable y culpable, que el feminismo es algo superfluo que no es necesario conocer bien. No se dan cuenta de que, al igual que ocurre con la democracia, el feminismo es la única manera de conseguir la igualdad real entre los hombres y las mujeres. Los listos que creen que el feminismo no es necesario ni merece la pena, actúan como brutos machistas inhumanos en cuanto las circunstancias les sobrepasan un poco.
Continuará
viernes, 9 de abril de 2021
Dicho ya. Los otros
9 de abril de 2017
Atrévete a preguntarte si en las normas que sigues para convivir son importante los otros o sólo lo eres tú.
jueves, 11 de marzo de 2021
Dicho en el pasado. Normas
11 de marzo de 2020
En una dictadura los ciudadanos cumplen las normas porque desde fuera le obligan a hacerlo. Les gusten o no las normas, quieran o no quieran cumplirlas, no tienen más alternativa que hacerlo si no quieren que caiga sobre ellos el peso de la autoridad dictatorial.
domingo, 27 de septiembre de 2020
Él y su coche
Eran él y su coche. No existía nada más en el mundo. Lo que se veía por ahí eran seres ajenos a él y a su coche, carentes de importancia y de significado en su vida. Él y su coche habitaban en una soledad gozosa en medio de todo lo que no le interesaba. Cuando él y su coche estaban juntos, el mundo sonreía. El coche, aunque no hablaba, obedecía sin rechistar. Era un coche bueno y nunca se negaba a lo que él le solicitaba. En su coche el confort, la paz y el placer estaban garantizados. Él en su coche hacía lo que le apetecía. Iban, venían, paraban en donde a él le venía bien y circulaban al ritmo que en cada momento le pedía el cuerpo.
No había normas. Si acaso las muy imprescindibles, pero lo fundamental era hacer lo que la vida le pedía a gritos en cada momento. Eso de las normas era algo ajeno a su vida. Creía que cada cual tenía que ir a lo suyo y él con su coche no tenía por qué dejar de hacer lo que quería porque alguien quisiera cruzar por un paso de peatones o porque dijeran que hay que poner los intermitentes. Que cada uno se busque la vida y que gane el más fuerte.
Su coche era un Mercedes rojo de aspecto deportivo, con dos puertas y una buena radio para que todos, dentro o fuera, oyeran la música que a él le gustaba. Por dentro tenía detalles de calidad. Por fuera estaba limpio y cuidado, aunque con pequeños restos de alguna reparación.
Aparcó en la puerta del bar. Una cerveza a mediodía sentado en una terraza era muy apetecible después de una mañana de trabajo. El dueño del bar era amigo suyo y le gustaba ir a verlo y a charlar un rato. La calle tenía dos carriles y un arcén en el que se aparcaba bien. Una vez situado el coche, apagó la radio, quitó la llave y abrió la puerta para salir.
Abandonar el coche durante un rato y entrar en un mundo lleno de personas y de cosas que no le importaban demasiado era como abandonar su zona de confort. Muchas veces al día debía hacer ese sacrificio necesario de tener que andar, hablar, beber, discutir, incluso aburrirse fuera de su coche. Volver a él era como el descanso del guerrero, como la entrada en el paraíso.
Un estruendo inusual asustó a quienes estaban en la terraza del bar. Dos camareros salieron corriendo en dirección al coche. Todos se levantaron y pensaron en lo peor. Un autobús verde pasó por el carril derecho y paró a unos metros del bar.
La costumbre de no tener en cuenta las normas hizo que abriera la puerta del coche sin mirar si venía alguien por detrás. El conductor del autobús, que por sus dimensiones ocupaba todo el carril, no tuvo tiempo de ver que una puerta se le abría inesperadamente en su trayectoria. El golpe fue estrepitoso. El retrovisor rojo quedó tirado varios metros más adelante. Unos trozos de cristal se esparcieron por el suelo. La puerta quedó deformada, con el interior desencajado y sin poderse abrir ni cerrar. La fortuna quiso que a él no le diera tiempo de sacar la pierna. Aunque el coche rojo estaba aparcado algo separado de la acera, su amigo adujo que los autobuses pasaban muy pegados a los coches. Alguien en la terraza comentó que había que mirar antes de abrir la puerta. Otro pensó en la utilidad de cumplir las normas. Él se quedó a medio camino entre el ridículo que no podía admitir y el deseo de culpar al conductor del autobús que no podía expresar. Con una expresión de enorme tristeza llamó a la grúa.
domingo, 22 de marzo de 2020
Estelas en la mar contaminada. Normas
miércoles, 11 de marzo de 2020
Estelas en la mar contaminada. Normas
jueves, 31 de octubre de 2019
Buenas noches. Dos
A uno lo acostumbraron a cumplir normas y a comprender por qué debía cumplirlas. Su vida fue creciendo con los otros dentro de un mundo. A otro no le hablaron siquiera de que existían normas ni de que era necesario cumplirlas. Los otros para él no eran nada. Creció como un bruto en medio de la selva y, en el fondo, siempre estuvo solo.
Buenas noches.


















