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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Buenos días. Frescura




Que el pescado esté fresco. Y la carne. Los huevos, frescos, por supuesto, y las verduras y la fruta. La frescura es lo que se le pide a todo lo que tiene que ser bueno y que debe darnos lo mejor que lleve dentro. Lo que no está fresco generalmente está ya inservible, defectuoso y cercano a su retirada de la circulación.

Todo esto vale, al parecer, mientras no nos refiramos a los hombres ni, mucho menos, a las mujeres. Un fresco o una fresca son individuos deleznables, cercanos al mal y rechazables desde todo punto de vista. Peor, como casi siempre, en el caso de la mujer que en el del hombre. Y, sin embargo, la mayor muestra de vida, de alegría y de esperanza la dan las personas que desprenden frescura en lo que hacen, en lo que dicen y en lo que piensan. Rechazar la frescura en las personas es situarse en la cima de la sequedad vital, a dos pasos de la muerte anunciada, en las cercanías de la inutilidad, en el ámbito de la rutina, en las puertas de la nada.

Una vida que merezca la pena es siempre un intento por conquistar cada día más frescura.