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viernes, 3 de septiembre de 2010

Amor



“Quiero que me ayudes a ser, a ser yo, a ser yo mismo. No quiero que me modeles a tu estilo. Yo soy yo. Yo tampoco quiero modelarte a ti. No quiero caer en el mundo de lo homogéneo, de lo tan parecido, de los dos iguales. No quiero que a los dos se nos pongan las mismas caras de tanto pensar igual y de hacer siempre lo mismo. Yo quiero ayudarte a vivir tu vida y que tú me ayudes a vivir la mía. Quiero estar muy abierto a tu manera de entender la vida y lo que pasa, a tus opiniones, porque me servirán, pero sin que nos impongamos nada. En eso consiste el respeto. Y el amor. Y la convivencia. Quiero convivir contigo, pero no quiero vivir sólo contigo ni que vivamos los dos como si fuéramos gemelos. Te quiero, pero no quiero que seas mía. En todo caso, te quiero porque soy tuyo.”

Estuvo mirándome fijamente al fondo del alma durante todo el tiempo que duró mi declaración. Sus ojos verdes, grandes, hermosos, no parpadearon. La ceniza de su cigarrillo fue avanzando, pero no se desprendió. Su mano derecha estuvo agarrada al vaso como si no quisiera que se lo quitaran. Dijo:

“Eres adorable, pero estás loco.”