Observo que unos consideran que vivir es hacer lo que les da la gana en cada momento, dar rienda suelta a sus caprichos y no mirar las consecuencias de sus actos ni para los demás ni -lo cual es más absurdo- para uno mismo. Todos hacemos esto alguna vez, pero me refiero a quienes toman esta forma de actuar como norma de vida.
Otros han entendido que lo que hay que hacer es lo que “deben” hacer, lo que racionalmente consideran que es lo bueno para los demás y para uno mismo, aunque no obtengan ningún beneficio personal inmediato con su acción.
Los primeros -cada vez más abundantes en número- tienen un comportamiento egoísta, hacen gala pública y ruidosa de sus actos y suelen hacerse daño tarde o temprano. Aunque ellos no lo sepan, los caprichos funcionan así.
Los segundos suelen actuar callados, sin pregonar lo que hacen, refugiados en el silencio. Son los únicos capaces de sentirse profundamente humanos, aunque tengan que sufrir a corto plazo alguna contrariedad.



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