Cada vez que me acerco hasta Grecia, un acúmulo de sentimientos inunda mi cuerpo. Todo un enigma. No obstante, reconozco que los que más persisten son, por un lado, la admiración y la nostalgia, y, por otro, cierto desencanto. La nostalgia es evidente, ya que ¿quién no añora los momentos de viajar y conocer, de viajar y compartir? Admiración por ser el paraíso del pensamiento, el espacio donde nacieron la filosofía, la lógica, la retórica. Y cierto desencanto puesto que, lástima, en los discursos no todos podían participar: excluidas quedaban las mujeres...
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