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viernes, 23 de junio de 2017

Buenas noches. La puerta



Todos tenemos en la vida una puerta por la que los vicios entran con una facilidad enorme. Luego, les cuesta un grandísimo trabajo salir. A veces, incluso no salen y se instalan en nuestro interior para hacer todo el daño posible. Hay que vigilar esa puerta. 

Buenas noches.


lunes, 22 de mayo de 2017

Buenas noches. Color verde




Le hace daño el color verde. 
Sin embargo, no deja de pensar en el color verde ni deja tampoco de mirarlo. 
En realidad es él quien se hace daño a través del color verde. 

Buenas noches.

miércoles, 17 de junio de 2015

Buenas noches. Conocernos




A veces las palabras o ciertos vicios mentales que acarreamos estúpidamente por la vida -como no escuchar, juzgar precipitadamente o no tratar igual a todas las personas- pueden torcer el cariño y la felicidad. Tenemos que conocernos muy bien y tener unos criterios de convivencia muy racionales para no hacer daño, aun sin darnos cuenta, a quienes nos quieren, y para no estropear el clima agradable que puede tener la vida. 

Buenas noches.

martes, 29 de julio de 2014

Buenas noches. Mirarnos



Tenemos que aprender a mirarnos el alma en el espejo de vez en cuando. Eso se hace analizándose uno mismo los pensamientos, los actos y los deseos o mirando lo bueno que hay en los otros y comprobando si está o no también en nosotros.

Si no lo hacemos, no nos daremos cuenta de lo que hacemos, de quiénes somos, de si estamos haciendo daño o no, de si estamos cayendo en el ridículo, de si vamos creciendo como seres humanos o estamos cayendo en esa bruta mediocridad siempre tan presente y tan amenazante.


Buenas noches.

domingo, 6 de julio de 2014

Buenas noches. Un mundo




Quiero a mis amigos. Quiero a mucha gente. Sobre todo, quiero a quienes tienen una visión de la vida parecida a la mía, porque con ellos me entiendo más fácilmente y puedo intentar construir un mundo que nos satisfaga a todos. Pero quiero también a quienes no piensan como yo. Los quiero de otra manera. Yo aspiro a que hagamos un mundo en el que podamos vivir todos, pero con ellos es más difícil, porque parece que quieren un mundo sólo a su medida, sólo para ellos, algo distinto a lo que quiero yo. Si los quiero es porque creo que algo, aunque sea poco, podemos aportarnos mutuamente. Yo me conformo con lo que me den. Sólo les pido que no me hagan daño. Buenas noches.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Lo que se ve. Pesadilla




Después de andar un poco y de olvidarnos de que la vida a veces te da sorpresas y te pone delante incertidumbres bravas, nos metimos en un buen bar a tomarnos unos quesos variados con un estupendo vino del Bierzo. Los quesos eran pocos, pero sustanciosos, así que su digestión resultó algo lenta y la noche se vio adornada con una pesadilla quesera de aúpa.

Por lo que recuerdo del sueño, yo estaba en el tendido de una plaza de toros. Las gradas eran bastante verticales, así que lo que ocurría justamente debajo de donde yo estaba se veía a duras penas o, a veces, no se veía. No sé si yo estaba en la grada solo o acompañado. El torero era un joven muy dispuesto, pero del toro no recuerdo nada. Incluso diría que posiblemente no había toro. Recuerdo que el torero parecía tener una necesidad enorme de quedar como un héroe, cosa que intentaba lograr haciéndose daño. A través de lo poco que yo apreciaba, veía saltar, levantando sus patas delanteras, al caballo del picador. De vez en cuando, el torero parecía abalanzarse sobre el caballo y ambos daban saltos por el aire, cayendo el torero al suelo desde mucha altura y haciéndose un daño considerable. El diestro parecía más feliz cuanto más daño se hacía, porque entendía el triunfo como un derramamiento de sangre propia. Cuando acabó su faena, o su danza macabra sobre el ruedo, no podía andar. Se acercó arrastrándose a una puerta de salida y allí vomitó una mezcla de líquido blanco y algo que parecía sangre. Esta extraña mezcla salía de su boca ordenadamente y se depositaba en el suelo como lo hacían las tiras de papel continuo de las impresoras antiguas, en sucesivos pliegues, cada uno reposando sobre el anterior. En un momento, el torero giró la cabeza y se le pudieron ver los ojos, casi salidos de sus órbitas, la cara hinchada y una expresión de superioridad en su boca, que quería esbozar, casi sin conseguirlo, una sonrisa.

En ese momento me desperté y tuve la sensación de haber estado contemplando un espectáculo masoquista.