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lunes, 10 de octubre de 2016

Buenos días. Moverse




Es muy bueno moverse. 

Es sano mover el cuerpo y es sano mover la mente. 

Buenos días.

lunes, 3 de agosto de 2015

Buenas noches. Cuerpo y alma




El alma influye a veces en el cuerpo, por lo menos en la cara, en el gesto, en la forma de alimentarte y de vivir. La elegancia del alma puede, por ejemplo, dar lugar a un cuerpo elegante. 

Qué pena que el cuerpo, en cambio, no influya tanto en el alma. La belleza de un cuerpo no puede traducirse en el alma de quien lo posee. 

Buenas noches.

viernes, 19 de junio de 2015

Buenas noches. Bailar 3



Del baile surge una especie de energía misteriosa que es captada por quien baila, pero también puede que lo sea por quien contempla el baile.

Bailar es una manera de reír, de llorar, de gritar y de vivir.

En el baile se muestra que ser libres no consiste en hacer lo que a cada cual le da la gana, sino en ser capaces de hacer lo que hay que hacer.

Se baila con todo el cuerpo y con toda el alma.

Buenas noches.

viernes, 12 de junio de 2015

Buenas noches. Bailar 2



Bailar es sacar fuera el cuerpo que llevamos escondido en el alma.

En el baile, como en todo arte, un momento puede ser eterno.

No sabrá nunca bailar quien no sepa vivir.

En el baile las diferencias se armonizan y aparece la unidad de lo diverso.


Buenas noches.

miércoles, 30 de abril de 2014

Buenas noches. Desnudarse




Hay días en los que me gustaría desnudar mi cuerpo. Hay días en los que siento necesidad de desnudar mi alma. Y hay días en los que no entiendo y no le veo sentido ni a una cosa ni a la otra. Buenas noches.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Buenos días. Sugerencias





La parte visible de tu cuerpo sugiere una belleza oculta. La parte que muestras de tu alma ¿qué es lo que sugiere? Buenos días.

miércoles, 9 de junio de 2010

Sujetador



Creo que hubo sintonía, sentimientos comunes, afectos que iban y venían. Fui capaz de decirles que los quería, pero también de echarles más de una bronca. Hacían brotar la desesperación cuando les preguntaba algo y respondían con el silencio colectivo, alguna que otra vez roto con fortuna por quien había estudiado o por quien recordaba algo de lo que habíamos visto. Muchas veces los cursos son lo contrario de los días, que amanecen al final y se pasan, en cambio, durmiendo la noche muchos meses. Todos estos meses yo me los pasaba preguntando y los alumnos de 2º de Bachillerato mostrándome con mucha cordialidad que no tenían ninguna respuesta certera para lo que les preguntaba.

Un día, cuando la desesperación me llegaba ya al nivel de la garganta, les dije que se me estaba cayendo el alma a los pies. Como las gotas de humor son más efectivas que las del vinagre, les añadí que para evitar que se me cayera al suelo, iba a comprarme un sujetador para el alma. La broma la repetí en varias ocasiones y logré que se dieran cuenta de que no sabían lo que tenían que saber, pero no que pusieran lo necesario para lograr la sabiduría. Llegó, al fin, la amanecida del final de curso y la subida del nivel de conocimientos hizo que una corriente de optimismo subiera con fuerza desde el suelo hacia las alturas de la esperanza y que el alma, que andaba en caída libre, se mantuviera en el camino a una cota prudente, eso sí, sin necesidad de haber usado el alivio de ningún sujetador.

Con el curso acabado empezaron las despedidas. No pude asistir a lo que llaman la graduación, cosa que sentí antes de que ocurriera, pero de lo que me alegré mucho después. Al día siguiente fuimos a cenar y allí tuvieron la gentileza de repetirme los trozos de su discurso que habían pronunciado el día anterior y que se referían a mi persona. Hicieron algunas referencias llenas de gracia a cosas que yo había dicho en clase y, lógicamente, sacaron a relucir que se me caía a veces el alma a los pies. Pero, dicho lo cual, y ante mi sorpresa inevitable, sacaron de algún lugar en el que lo tenían escondido un hermosamente feo sujetador verde, con las copas forradas con encaje blanco, en una de las cuales había una inscripción que decía:
“Sujetador para el alma”
Sentí, simbolizado en aquel artefacto, el cariño que se había fraguado en todos los años en los que hemos estado juntos, y eso me llenó de emoción. Enseguida me imaginé la situación que se habría creado el día anterior, en la graduación, si me llegan a hacer entrega del sujetador delante de padres, colegas, compañeros y del resto de la concurrencia. Así que les dije con todo cariño que lo suyo empezaba por “Ca” y acababa en “azos”.

Como era de esperar, me pidieron que me lo pusiera, olvidándose de que era para el alma e intentando que me lo pusiera como si lo usara para lo que estaba pensado, esto es, en el pecho. Me acordé de todas las redes sociales, de todos los blogs y del malvado que inventó Internet. ¿Cómo iba yo a exponerme a la nube de cámaras expectantes que intentaban inmortalizar la imagen? Se me ocurrió recordar que alma viene de “anima” y que esta del alma fue una de las primeras ocurrencias míticas que se dieron en la historia de la humanidad para explicar por qué una persona viva se movía y, en cambio, no lo hacía cuando estaba muerta. Y yo, si me siento, estoy quizás menos vivo que si me levanto, luego las posaderas deben ser un elemento importante para simbolizar el alma. Pensé también en la evolución, en cómo el indudable atractivo que suponen para los hombres los pechos de la mujer son la sustitución bípeda de la emoción que producía, cuando andábamos a cuatro patas, el trasero de quien estaba delante. Así que rápidamente asocié el alma con el culo, me instalé allí el sujetador y dejé que me fotografiaran de espaldas.

Pese al apuro de la pose, me gustó la ocurrencia. Lo guardaré con cariño y lo enseñaré cada vez que pueda. Y, lo que es más importante, me acordaré de él cuando se me baje el alma a los pies para tener presente que, por debajo de los roles que desempeñamos en la vida, hay siempre un poso de humanidad que aflora en cualquier momento.

Gracias, alumnos. Gracias, amigos.