Tal día como hoy de 1958 murió Ralph Vaughan Williams.
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El problema fundamental de la vida es un problema ético. ¿Cómo actuar hoy para crear un mundo más humano? ¿Cómo actuar de manera humana para crear un mundo mejor?
Los prejuicios nos engañan, nos impiden ver la realidad tal como es y nos presentan una imagen falsa de lo que ocurre. Se basan en prejuicios el racismo, el machismo, la xenofobia, los dogmatismos, los fascismos, los totalitarismos, las supersticiones, las persecuciones físicas e ideológicas, y, en general, todas las ideas de supuesta superioridad que se traduzcan en comportamientos dañinos para los supuestos inferiores. Tenemos que limpiarnos de prejuicios. Seremos más justos, más sanos y más felices.
¿No les dará vergüenza a los tapasenos compulsivos -hay palabras que no deben usarse, porque te pueden mandar de vacaciones-, en pleno siglo XXI, con toda la cultura que han creado ya los seres humanos, andar con esas tonterías por la vida, pregonando que hay que ser libres, pero prohibiendo fotos y carteles y que las mujeres puedan ir por la vida como les dé la gana? ¿Tan mal están psicológicamente para ir con esas actitudes infantiles? ¿Tan mal están políticamente para seguir intentando reprimir a los ciudadanos y, especialmente, a las ciudadanas, para que crean que están sojuzgados, sometidos desvergonzadamente a quienes se creen que tienen un poder totalitario? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar a estos adictos a la ignorancia, creídos, retrógrados y prepotentes, que ni viven ni dejan vivir? (Esta es mi opinión y creo que tengo derecho a expresarla aquí sin que nadie me castigue y me mande al silencio. Veremos).
Los Bancos les cobran comisiones a los que menos tienen, por ejemplo, a viudas que solo cobran la pensión. A los que tienen mucho no les cobran comisiones.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, del PP, propone que el criterio para repartir los fondos europeos sea que quien más tiene reciba más.
Todo ello delante de las narices de todos, pero muchos ni lo huelen. Ya Nietzsche hablaba, con razón, de la importancia del olfato.
Hace unos días terminé de leer la novela de Dominick Dunne, Una temporada en el purgatorio, publicada por la editorial Libros del Asteroide.
El autor, que vivió entre 1925 y 2009, es un escritor norteamericano de éxito, conocido por sus novelas, por sus comentarios de sociedad en la revista Vanity Fair y por sus crónicas de los juicios más célebres que tuvieron lugar recientemente en los Estados Unidos.
Sus conocimientos de la alta sociedad americana le llevaron a publicar varias novelas en las que se muestran sus características. Una de ellas es esta que acabo de leer.
Me ha interesado este texto porque narra cómo en los ambientes en los que dominan ciertos poderes económicos, la mentira y el dinero son capaces de ocultar todo lo que no se quiere que aparezca, los sobornos están a la orden del día y la voluntad de los ricos es capaz de sobresalir por encima de la verdad. También muestra que hay conciencias muy dadas a que los intereses propios hagan olvidar los hechos, y que, en cambio, hay otras, mucho más sensibles, a las que el recurso al olvido no les resulta eficaz. Los hechos que se cuentan se sitúan entre 1972 y 1993, pero cualquier lector podría situarlos fácilmente en épocas más cercanas.
Otras novelas del mismo autor son Las dos señoras Grenville y Una mujer inoportuna. La primera de ellas la he leído y la recomiendo también.
El saber ayuda a conseguir una vida buena.
Tienen que estar muy despistados para preferir que les gobierne un fascista a alguien que pretende el bien de todos. O quizá sea que ellos no pretenden el bien de todos, sino solo su propio bien, y su despiste les lleva a creer que se lo va a proporcionar el fascista. No despiertan ni viendo lo que está ocurriendo con la sanidad pública, ni con la educación, ni con las mujeres, ni con los inmigrantes ni con quienes tienen una orientación sexual diferente. Cuando les toque a ellos, van a seguir estando dormidos.
Hay que ganar y ganar. Siempre ganar. Hay que ganar, sobre todo, dinero. Hay que ganar el partido. Hay que ganar el campeonato. Hay que ganar una medalla. Hay que ganar la discusión. Hay que ganar el juicio. Hay que ganar tiempo. Hay que ganar el pulso. Hay que ganar influencia. Hay que ganar la batalla. Hay que ganar la votación. Hay que ganar más que el año anterior. Hay que ganarse la vida. Hay que ganar como sea. Hay que ganar siempre. Hay que ganar. Da igual que quedes maltrecho. Da igual que pierdas la vida. Lo importante es ganar. Este capitalismo viejo e inhumano te exige ganar siempre, aunque la victoria sea pírrica (aquella que se consigue con más daños para el que gana que para el que pierde). ¡Qué disparate!