Tal día como hoy de 1743 nació Josef Drobrovsky.
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El problema fundamental de la vida es un problema ético. ¿Cómo actuar hoy para crear un mundo más humano? ¿Cómo actuar de manera humana para crear un mundo mejor?
Vamos a ver si hoy hacemos el intento firme de fijar nuestra atención en las pequeñas o grandes cosas bellas, estupendas y únicas que nos rodean, sin dejarnos arrastrar por los casos de brutalidad humana que con tanta facilidad observamos en el mundo. Son estas cosas las que deben alegrar nuestras vidas. Te invito a que lo hagas. Suerte para todos.
Hace unos días estuvimos con unos amigos en la Venta Melchor, en El Colorado, cerca de Conil. En la cocina de este restaurante, cómodo y modernizado con gusto, reina una de las mejores cocineras de la zona, entendiendo por zona la que abarca una buena cantidad de kilómetros a la redonda: Petri Benítez.
Una gozada.
El valor básico es la libertad.
Mañana sábado, el día de la semana que menos se lee en Internet, cumplo una vez más 45 años. Ya es demasiado tiempo cumpliendo los mismos años, así que el próximo, si se da la ocasión, cumpliré los 46.
Ante esta circunstancia quiero decir dos cosas. Una, que me gusta mucho la vida, que es hermoso vivir, pero que no me gusta absolutamente nada este mundo en el que vivimos. Cuanto más tiempo pasa, más responsable me parece el ser humano de la degradación que parecen disfrutar multitud de ellos. Estos seres rebajados ni tienen cultura ni la quieren tener, ni tienen conciencia de lo que son ni de lo que hacen ni quieren tenerla, ni saben nada de qué es un ser social ni quieren saberlo, ni se han dado cuenta de que existen valores ni quieren dársela. Podría ponerme escatológico calificando este mundo, pero prefiero limitarme a decir que no me gusta. No me gusta nada. Y disfrutar de la vida en un mundo que no me gusta no es sencillo. Demasiadas veces hay que transformar el vivir en un sobrevivir.
La otra cosa que quiero es dar las gracias a las personas y a las instituciones que hacen algo por que mi vida y la de los ciudadanos sea más agradable, más humana y pueda alcanzar estas cotas que empiezan a verse con un cierto vértigo. Gracias a mi familia; a mis amigos y amigas que, con exquisito respeto y enorme cariño, están a mi lado; a los diversos trabajadores que me dan cada día lo que necesito para vivir, a veces con un cansancio enorme y, a pesar de ello, con una sonrisa emocionante; a los buenos vecinos, que procuran que la vida diaria sea lo mejor posible; a los políticos buenos -que los hay, porque no todos son iguales-, porque estos políticos buenos buscan el bien de todos, son gente noble y generosa, y son los responsables de lo mejor que podemos encontrar en el mundo. Y a ti, lector o lectora, por la parte que te toca. A todos, muchas gracias por soportarme y por ayudarme a vivir.
He visitado recientemente varios lugares de este país. He disfrutado mucho con los buenos vinos que se ofrecen en muchos de ellos, con las cervezas frescas e hidratantes y con las tapas y platos diversos que se pueden encontrar. No en todos he obtenido la misma satisfacción, pero la decisión ha sido no volver a los establecimientos que no se lo merecían.
Las peores experiencias han sido en aquellos lugares en los que se notaba en seguida que el dueño lo que quería era ganar todo el dinero posible rápidamente y de cualquier manera. Por ejemplo, en un “gastrobar” de una ciudad cercana a Madrid me han llegado a cobrar más de 3 euros por una botellita de agua de 33 cl, si bien es verdad que me la acompañaron con una rodajita de pan, sobre la que aparecía una fina loncha de tomate, y todo ello coronado por una pequeña y seca sardina en conserva. Fue toda una invitación a no volver, claro. Otra variante de este tipo de establecimientos es la de aquellos en los que los camareros han sido adiestrados para hacer que el cliente pida el mayor número de platos posible. Así consume y paga más. Tampoco volví a ninguno de estos.
También se notaba mucho cuando el jefe estaba presente en el local, y mucho más cuando estaba ausente, dedicado, se supone, a sus cosas. Presencié cómo un bar se llenó, por lo que hacía falta ayudar a los camareros, y el jefe inmediatamente se puso a trabajar como el que más, echándole una mano a todos y procurando que los clientes estuvieran bien atendidos. Se nota en seguida cuando esto ocurre, al igual que cuando los camareros se sienten abandonados a su suerte en situaciones difíciles. Viví una de estas un viernes por la noche en un bar del sur, magníficamente atendido por un número claramente insuficiente de camareros, pero a costa de sufrir una experiencia estresante, sintiéndose desbordados por la aglomeración de personas y teniendo que tomar decisiones drásticas que no les correspondían a ellos, pero que no tuvieron otro remedio que tomar. El jefe, mientras tanto, estaba de vacaciones. Supongo que a la vuelta no tendrá el detalle de subirles el sueldo a los camareros y cocineros ni de contratar a algunos más, porque de lo que se trata es de reducir costes y de ganar lo más posible. Si para ello hay que reventar al personal y hacer que el cliente, mientras come y bebe, tenga que observar sus carreras, sus caras de cansancio y de angustia, y cómo son explotados por el jefe ausente, eso no importa. El criterio de la calidad ha dejado paso al de la cantidad de ganancias.
La política de exigir mucho trabajo, pero pagar poco está acabando con la profesión de servir a los clientes en bares y restaurantes. Conozco a muchos camareros que están deseando encontrar otra cosa en la que trabajar con mayor dignidad, y que no se imaginan haciendo durante toda la vida las labores que hacen ahora. He hablado con bastantes, que me han mostrado sus caras de cansancio en varias ocasiones y que me han dicho que no pueden más, que es demasiado y que así no aguantarán mucho tiempo. Los dueños que mantienen estas situaciones verán lo que hacen con el futuro de su propio negocio.
La cantidad, pero de comida y de grasa, es otra característica que lamentablemente he encontrado en varios lugares. Vas a uno de estos con tu pareja y, si quieres comer algo, tienes que pedir una ración entera, porque dicen que no les compensa poner medias raciones, ellos sabrán por qué. Y la ración entera es una montaña de lo que sea, frito en aceite ya con demasiada experiencia, del que se deja notar durante la noche y que hace que te acuerdes muy mal del local. Esa barbaridad de comida no te la comes ni en dos tandas, pero pueden cobrar más poniendo mucha cantidad, y eso es lo que importa.
He notado que los dueños de los locales, o los que diseñan las comidas y las bebidas, no suelen saber mucho de cómo sacarle un partido más razonable al negocio, pero saben aún menos de comidas sanas, que no hagan daño al comensal, que no sean fritos y más fritos y que puedan dar lugar a una ingesta algo equilibrada. Se agarran a lo tradicional y huyen de lo nuevo, no sé si por ignorancia o porque no se atreven a que el bajo nivel de la cultura gastronómica de la ciudadanía rechace las novedades. He pasado por lugares en donde en la mayoría de los establecimientos te ofrecían las mismas grasas saturadas presentadas de diversas maneras. Mientras la mayoría de los clientes trague, pague, calle y se vaya, nada cambiará.
También he pasado por sitios magníficos, en los que en la cocina había quienes pensaban bien los platos y los ejecutaban con maestría, y con camareros y camareras que atendían a los clientes con unas maneras estupendas y unos gestos que eran dignos de elogio. A todos y a todas se lo agradezco profundamente. Al fin y al cabo, entrar en un bar a tomarte una copa y comer algo es vivir un trozo de tu vida, y si alguien hace que ese trozo se viva bien, es digno de reconocimiento y de agradecimiento.
Hay quienes piensan que lo natural es que gobiernen los ricos. Si alguien sabe quién fue Fraga Iribarne, recordará sin duda que hablaba de una mayoría natural. Estaba formada por los ricos y por todos aquellos que, sin serlo, habían sido convencidos de que lo eran. Ese convencimiento era fruto de las manipulaciones que suelen practicar. Les dicen a quienes viven de un sueldo que van a bajarles los impuestos, porque el dinero debe estar en el bolsillo del consumidor, no en las arcas del Estado. El que vive de un sueldo se alegra porque va a tener algo -más bien poco- más de dinero y, como agradecimiento, los vota. Lo que no le dicen es que bajando los impuestos van a ser los ricos -y no ellos- los que sí van a tener bastante más dinero en el bolsillo. Un 1 % es muy poco para el sueldo de un profesor o de un taxista, pero mucho para un director general. Y si no hay impuestos, no se pueden financiar ni la sanidad, ni la educación, ni las pensiones ni los servicios públicos. Esto tampoco se lo dicen. Y últimamente tienen la cara dura de bajar los impuestos en algunas Autonomías, para a renglón seguido pedirle al Gobierno central que, como ellos no tienen dinero, que financien los servicios públicos. Con dinero de los impuestos, claro.
Todo esto es lo natural. Lo que ocurre es que la antigüedad intelectual de quienes piensan así, cuya mente está empapada de intereses monetarios personales, les impide conocer que el ser humano no es un ser natural, sino cultural. Hay muy pocas cosas en el mundo que sean naturales. Hasta las aves y los árboles han cambiado algo a lo largo de los años, y no digamos el clima. Pero si se compara, por ejemplo, un fenicio con un romano, o con un ser humano actual, se podrá observar fácilmente -si se quiere ver- que somos fruto de la cultura, del conocimiento, de la evolución de la belleza, de las creencias y de la manera de entender la vida. No somos seres naturales. Podríamos considerar que, a lo sumo, tenemos de naturales el instinto de supervivencia y poco más. Todo lo demás es fruto de la educación, de la cultura. Por tanto, tratarnos como seres naturales es una milonga interesada, que lo que persigue es manipular la mente de los ciudadanos para que les ayuden a ellos a alcanzar el poder.
No somos seres naturales, sino culturales. Y la cultura -el arte de saber vivir bien entre todos- nos ha descubierto que la libertad es un bien que deben poder disfrutar todos, no solo los que puedan pagársela. Que junto a la libertad está la igualdad, las igualdades, que anulan todas las discriminaciones que practica la derecha: la misoginia, el racismo, la xenofobia, la aporofobia y demás deformaciones del sentido de lo humano. Y que, además, están toda la larga lista de valores que han convertido a los seres humanos en lo que son hoy, sin pararse a degustar solo lo que se consiguió en el pasado.
No debe gobernar quien sea más natural -quien tenga más fuerza o más contacto con los dioses-, sino quien sea más culto y sepa organizar la sociedad de manera que todos puedan vivir como seres humanos, y no solo unos pocos.
Hoy, por desgracia, abundan unos fuertes sentimientos de rechazo y de repulsa hacia la cultura y hacia las personas que valoran la cultura, que impiden ver estas cosas.
Admiro más el hecho de la desnudez, el hecho personal, social, libre y liberador, anticorsés y humano de estar desnudos, que la posible belleza que pueda tener un cuerpo desnudo. Lo cual no quiere decir que no admire también esta última.
El cerebro es el órgano más importante de nuestro cuerpo, y es muy desconocido. Ahí radican nuestro conocimiento, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestro pensamiento, nuestros deseos y todo lo que suponga una decisión, consciente o inconsciente, que afecte a nuestra vida. Hay veces que me gustaría poder entender algunas decisiones que salen de ciertos cerebros.
Hace unos días estaba en la terraza de un bar. Era de noche y había luz eléctrica, pero no demasiada. La calzada estaba especialmente poco iluminada. Noté que pasaban patinetes y bicicletas, pero todos, salvo uno, sin luces, ni delante ni detrás. Casi no se les veía. Pasaba también, de vez en cuando, algún individuo con esa música repetitiva a todo volumen en el coche y circulando a bastante más velocidad de la permitida y de la prudente. Me imaginé que en algún momento podría haber una desgracia. Pensé en lo que les habría movido a los seres humanos de los patinetes y las bicicletas a circular en esas condiciones.
Me contaron que un señor se había puesto las dos primeras dosis de la vacuna de la Covid-19, pero decidió no ponerse la tercera. Adquirió la enfermedad. Más tarde, por motivos profesionales, le exigieron estar vacunado con el ciclo completo. Entonces tuvo que esperar para ponerse la tercera dosis, y se la puso. Así ganaría más dinero. Pensé en los motivos que pudo tener esta persona para decidir, primero, no ponerse la tercera dosis, y, luego, para ponérsela. Ingenuamente pensé que la salud era nuestro bien más deseado y el primero que había que buscar, pero se ve que hay personas para las que, por encima de la salud, tienen otras cosas. Por ejemplo, el dinero. ¿Pensarán llevarse el dinero a la tumba? ¿Tienen estas personas alguna jerarquía de valores? ¿Sabrán lo que es un valor? ¿Qué es lo que moverá sus voluntades para que decidan una cosa u otra? Quizá la psicología tenga algo que decir sobre la voluntad de estas personas. En todo caso, no me gustaría que estas personas afectaran de alguna manera a mi vida.
Conozco una comunidad de vecinos en la que el presidente detectó extraños movimientos en los pagos de las reparaciones que se hacían. Decidió investigar para que no se hiciera un mal uso del dinero de los vecinos. El resultado fue que los vecinos elaboraron una especie de golpe de estado y lo destituyeron. ¿Qué les movió a hacerlo?
El cerebro es uno de los grandes desconocidos de nuestro tiempo. Pero hay una parte de él que sí se sabe cómo funciona, que genera el pensamiento y que hay que aprender a manejarse con él para hacer real nuestra humanidad. No sé si ahí estará el problema.
Me gustaría ver un bar que se llamara “La buena educación” y que añadiera “Absténganse los maleducados”. O, mejor, para que lo entendieran, “Prohibida la entrada a los maleducados. Se les echa”. Necesitarían una subvención, claro.
La libertad para la determinación del género se está cargando todas las libertades.
Artículo de Amparo Mañes en Tribuna Feminista sobre la profesora Juana Gallego, que puedes leer aquí.
Lo nuevo asusta a quienes lo viejo les da privilegios.
Por eso se hacen viejos pronto, porque con lo nuevo no saben vivir.