Tal día como hoy de 1980 murió Jean Piaget.
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El problema fundamental de la vida es un problema ético. ¿Cómo actuar hoy para crear un mundo más humano? ¿Cómo actuar de manera humana para crear un mundo mejor?
Miramos a las personas, pero no vemos que son esclavos, y ni se nos ocurre descubrir dónde están sus amos.
Eleanor Roosevelt, una de las principales impulsoras de la Declaración de los Derechos Humanos, con el texto en sus manos
Este es el primer artículo de esta temporada que me publica el blog MasticadoresFEM. Espero que te aporte algo para el mejor conocimiento del feminismo.
Puedes leerlo pulsando aquí.
Esta es mi opinión hoy. Mañana, si aprendo algo nuevo, es posible que la matice.
Es muy difícil ser feliz.
Ser feliz no es comer en un buen restaurante, vestir ropas caras
o vivir en una gran mansión. Eso es hacer cosas agradables, pero la felicidad no consiste, ni mucho menos, en tener o hacer cosas. Ni siquiera en tener dinero.
Ser feliz no es estar todo el día de risas o de juerga. Una señora decía un día en un puesto del mercado mientras lanzaba un chistecito: “El cachondeo es lo que me da a mí la vida”.
Ser feliz no es huir, pasar de todo o escaparse de la vida hacia territorios agradables o dormitivos. No es estar en alguna droga, ni centrarse en el fútbol, ni siquiera ocuparse compulsivamente en la lectura o en la música.
Ser feliz es encontrarle un sentido a la vida que vivimos, es tener una respuesta satisfactoria a la pregunta de para qué vivo, para qué asunto que considero importante vivo, es tener claro que un ser humano es algo que se va haciendo cada día en su relación con los demás seres humanos, y que esa relación es de tal manera que nuestra humanidad va creciendo y el mundo va mejorando.
La felicidad tiene siempre un matiz colectivo. Nadie puede ser feliz de manera individualista, sin ocuparse de la felicidad de los demás. Quienes pretenden ser felices así, solo preocupados de sí mismos, no saben lo que es la felicidad y la confunden con el tener cosas o refugiarse a cada momento en la diversión. Creo que no se puede ser demasiado feliz mientras haya seres humanos que no lo sean, sobre todo en nuestro entorno cercano.
La felicidad no se busca. No me imagino qué podríamos hacer para buscar la felicidad. Conozco a muchas personas que se han hecho el firme propósito de ser felices y que no lo han conseguido. Lo intentan denodadamente, casi ridículamente, pero con resultados escasos.
A la felicidad no se llega por el camino del egoísmo.
La felicidad es la consecuencia no buscada de nuestros actos, cuando estos buscan que en el mundo crezca la humanidad y mejoren las vidas de quienes viven en nuestro entorno y, a ser posible, de todos.
Nada es, todo va siendo. No se es humano, se va siendo humano o se va permaneciendo en estado de brutalidad. No se es feliz, se va siendo feliz o se va manteniendo uno en estado de ignorancia, sin acabar de entender, que la felicidad es un regalo no buscado, que no hemos venido a este mundo a ser felices, sino a construirnos como seres verdaderamente humanos y que solo con este objetivo aparecerá, sin buscarlo, ese estado vital satisfactorio que llamamos felicidad.
Hay que seguir estudiando, leyendo, informándose bien, pensando, consultando las dudas, abriéndose la mente. No podemos autodestruirnos.
Lo necesito, lo deseo, lo quiero: el silencio o, al menos, el sonido no invasivo, que permita escuchar y hablar a todos y que no se empeñe en ser el único posible. Pero parece que todos hacen su ruido abrupto para reivindicarse como seres vivos, para sentirse realizados como algo existente. Estoy en la terraza del bar “La sonrisa”, en pleno centro de la ciudad. Pasa el tranvía, que tiene que hacer sonar su campana y hasta su claxon para que quienes consideran que el espacio es suyo lo dejen pasar. A veces se tiene que parar porque quien está en la calle no le concede el derecho a pasar por sus vías. Pasa el motorista, con su enorme tubo de escape preparado para que suene a “Aquí estoy yo”, siendo “yo” un mero ruido. Pasa un coche vulgar conducido por un ser vulgar que considera una vulgaridad la prudencia y otra cumplir las leyes. Ataca con las ventanillas bajadas por las que expulsa una música simplona y repetitiva, y emite un amenazador ruido de acelerador para, en cuanto puede, salir disparado en medio de la gente. Los perros ladran aquí y allí. Unos parecen tenores y otros bajos, pero sus amos son ajenos a la música canina y a su cansina frecuencia. Hay niños que lloran, otros que corren y otros que juegan gritando entre las mesas. Un cliente de la mesa de al lado grita sus cosas a tal volumen que nadie a su alrededor es capaz de mantener su propia conversación. En medio de ese universo, tan lleno de ruidos y tan vacío de silencios, que aparece cada noche en “La sonrisa” y en cualquier otro lugar, me tomo un vino tinto, siempre el mismo, porque ni los clientes cambian el ruido ni en estos bares traen un vino nuevo que represente un aliciente gratificante para acudir a ellos. Aquí la monotonía es ruidosa.
Hace unas noches la vida, que es de todo menos monótona, produjo un suceso, no sé si pequeño o grande, para que quienes lo presenciaran tuvieran algo sobre lo que pensar o, al menos, hablar. Estaba sentado en la terraza viendo pasar a la gente con sus ruidos, como siempre. De pronto oí un ruido algo mayor. No le hice mucho caso porque pensé que sería algún individuo con el grado de vacío más alto de lo habitual. El ruido se fue haciendo rápidamente más alto, y parecía que se producía más cerca y a mis espaldas. Era un ruido como de mesas tiradas al suelo y de cristales rotos. Un cierto revuelo entre la gente me hizo reaccionar. Me volví y vi venir con paso decidido y a bastante velocidad a una chica desnuda de cintura para arriba, con una pizarra doble en las manos que anunciaba los productos que ofrecían en un bar de unos metros atrás. Llevaba la mirada fija y parecía dispuesta a todo. Un cliente que estaba en la dirección en la que circulaba la chica se levantó y cogió su silla como arma defensiva, apuntando con las patas a la decidida invasora. Al llegar a nuestra altura, lanzó la pizarra contra las mesas desde las que disfrutábamos de los ruidos habituales. Por suerte, no le cayó encima a nadie, pero destrozó unas botellas que había en una mesa y nos dio un enorme susto a los que estábamos allí. Ella siguió su camino hacia no se sabe dónde, a riesgo de resfriarse por el fresco de la noche y el escaso atuendo que llevaba. En seguida llegó la policía, acompañada de una corte enorme de desocupados deseosos de emociones fuertes. Parece ser que la detuvieron y que no era la primera vez que dejaba de tomar la medicación y montaba un espectáculo en pleno centro de la ciudad. Yo me imaginé que me podía haber estampado la pizarra en la coronilla, pero rápidamente deseché la imagen, porque bastantes situaciones lamentables nos ofrece la realidad como para que, encima, nos imaginemos más.
Luego pensé qué habría que hacer con aquella pobre chica, enferma de algo y desatendida del todo. Más que una comisaría necesitaría atención médica, pero ¿dónde? Me dijeron que es huérfana y que sus hermanos están igual que ella. Esta chica no puede estar sola, sin control de los medicamentos que debe tomar, pero ¿dónde situarla? Parece que la detienen y la sueltan, para volverla a detener y a soltar. ¿Está lo que queda del sistema público de salud preparado par atender a estas personas y, de paso, protegernos a los demás?
En todo caso, el silencio o, al menos, el sonido humano siguen siendo lujos lejanos y ausentes.
Es relativamente fácil escribir relatando hechos, sucesos que ocurren
en alguna parte, pero describir los sentimientos y las emociones que
viven dos personas es, con toda claridad, difícil. Y lo es más si esas
dos personas están enamoradas, tienen una carga de vivencias en el
pasado que les hace vivir sintiéndose vulnerables y llenos de
miedos, y lo que cuentan es precisamente su enamoramiento. Todos
hemos sentido el poder del miedo en nuestras vidas. A muchos nos
tocó sufrir una educación en la que el criterio central era el miedo: al
maestro, a los padres o, quizá, a algún familiar. Y más tarde, ese
miedo lo aplicamos al fracaso, a lo desconocido, a las recaídas,
incluso puede que al más allá.
Sonia y Pedro, los protagonistas de Bocas que se cierran, tienen
miedo. Y Berta Carmona ( berta@bertacarmona.es ), la autora de
esta novela editada por Rubric ( www.rubric.es ), nos lo cuenta
mostrándonos de nuevo lo magnífica escritora que es, logrando que
entremos en la mente de los amantes, que hagamos nuestras sus
vivencias y que sintamos como nuestras las alegrías y las
problemáticas situaciones por las que atraviesan. El buen escritor
hace fácil lo difícil, permite comprender mejor lo complejo y logra
que los personajes pasen del papel del libro a nuestra mente.
Es lo que Berta Carmona ha conseguido en este libro, cuya lectura
supondrá, sin duda, un acercamiento a la respuesta a esa pregunta
que puede que nos venga de vez en cuando a la cabeza: ¿qué es el
amor?
El objetivo principal de "El compositor habla" es el de crear un repositorio neutral, independiente e imparcial de entrevistas, perfiles, noticias e informaciones sobre creación musical actual, compositoras y compositores.
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Tenemos todo el tiempo de la vida para vivir bien, pero empleamos demasiado de ese tiempo en vivir mal.
Tener cultura no consiste en saber muchos datos, dar bien las clases, dominar la química del carbono, ser especialista en el arte renacentista o poder curar enfermedades. Eso es estar instruido, ser un erudito en alguna materia.
Tener cultura es saber vivir como un ser humano, creciendo como persona, procurando el bien de todos y practicando el respeto, la generosidad y todos los valores, siendo libre y procurando que todos sean libres, creando las igualdades entre todos y no molestando a nadie.
La gran amenaza para el mundo y para sus habitantes es la incultura, el aumento del número de ciudadanos que no saben vivir como seres humanos ni les preocupa saberlo. No hablemos ya de quienes adoptan la responsabilidad de no dejar vivir a los demás como seres humanos.
En mi opinión esto es lo que está ocurriendo, y cada vez más.
O despertamos y procuramos acudir a la liberación de la cultura o caemos en las tinieblas mortecinas de las esclavitudes, de la mediocridad ordinaria, de las dictaduras interesadas y de la brutalidad.
En cada momento de la vida hay que optar en esta alternativa.