miércoles, 18 de abril de 2012

Obispos: pensar antes de hablar





El señor dios todopoderoso, en su infinita sabiduría, llegado el momento de su mayor labor escultural, el de la coronación de todo su aparato creativo con la aparición del ser humano, hizo gala de su serenísima e injusta idea de justicia no adornando a todos los seres humanos con los mismos dones, ni en cantidad ni en cualidad. Así, las mejor dotadas de todas las criaturas obtuvieron el privilegio de conocer el mundo a través de la razón, siendo condenado el resto a creer mediante la fe lo que eran incapaces de entender.

El señor dios todopoderoso, en su infinita magnanimidad, intentó aplicar a la especie humana su propia idea de infinitud, en la medida de lo posible, dotando a todo lo creado de un amplio grado de complejidad y haciendo de ésta una de las características más relevantes de su obra.

El señor dios todopoderoso, en su infinita belleza, huyó, pues, de lo simple, de lo monótono y de lo ya terminado y cerrado y, así, partiendo de dos elementos originarios, a los que llamó hombre y mujer, instituyó, con su divina precisión, una variedad de orientaciones sexuales, dando cabida en ellas a todas las combinaciones posibles. Para la puesta en práctica de todas estas relaciones, tuvo a bien, en su infinita omnisciencia, dar origen a variados tipos de familias, diferentes todos ellos, tanto en las características de sus miembros como en el número de sus integrantes. Aparecieron de esta forma sobre la faz de la Tierra, para mayor gloria del Altísimo y para orgullo del Creador, los homosexuales, los heterosexuales, los bisexuales, los transexuales, los célibes y todas las diferentes formas de encauzar la personalísima sexualidad de cada uno y de cada una. Todas estas personas se combinaban entre sí, si querían, en parejas, intercambiables o no, en tríos, en comunas o como la cultura que iban creando les iba dando a entender.

Para que brillara más el conjunto magnífico de la creación, el señor dios todopoderoso, en su infinita libertad, dejó lejos de su cuidado a un grupo de hombres, a los que no dotó del gozo laborioso del uso de la razón, a los que recluyó en el celibato y a los que decoró con las garras macabras de la torpeza, la terquedad, la ignorancia, la incontinencia verbal, la ausencia de sentido del ridículo, el refugio sin remedio en lo simple y la ilusa creencia en su propia superioridad sobre los demás, a los que llamaban ovejas y corderos, sin duda por su bobo atrevimiento de seguirlos en sus ideas. Surgieron así los obispos.

Los obispos visten de forma rara, dicen cosas raras, defienden cosas raras y ellos, en sí mismos, suelen ser raros, muy raros. Como sus mentes humanas no suelen dar para más, tienden a la simplificación de la realidad y así, allí donde el divino hacedor puso la variedad, ellos aplican la navaja de Ockam y cercenan lo que les parece. No son capaces de soportar la complejidad, de la misma manera que no soportan las opiniones, ni el placer, ni la libertad ni la igualdad de derechos. Se sienten en la obligación de difundir sus disparates y a veces hacen el ridículo de forma mediática y estentórea.

Como su atrevimiento parece que no tiene fronteras, se está viendo venir cada vez con más fuerza algún procedimiento para pararle los pies a estos señores monseñoreados, que no se limitan a pensar como sus neuronas les dicen, sino que incitan a la población a practicar fobias y discriminaciones contra todos aquellos que no entran en las estrechas rendijas de sus entendederas. Quizás sería bueno que, de la misma manera que la derecha está poniendo todo su ahínco, con la pasividad cómplice de muchos y la colaboración de otros tantos, en adelgazar las estructuras del Estado para así tener ellos más poder, que la izquierda se esforzara en debilitar la posición de estos enviados del Altísimo, de estos frenadores del progreso, de estos medievales del siglo XXI, de estos tirabobadas, para que así, al menos, buena parte de la población no se sintiera ofendida o maltratada por ellos.



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