Todo acaba siempre arreglándose.
Siempre me ha funcionado esta idea. De una manera o de otra, de forma sencilla o complicada, en soledad o con la ayuda de otros, todo se acaba arreglando.
He vivido mucho tiempo con esta idea en la cabeza. La hacía consciente cuando me aparecía alguna adversidad más o menos problemática, y me ayudaba a vivir con una buena dosis de tranquilidad. A lo sumo, había que asociarla con la idea de esperar. Era una esperanza que necesitada de la espera para conseguir el objetivo deseado. Y funcionaba.
Pero esta idea tan benéfica se me olvida cada vez más. No sé si es porque ahora vienen más épocas en las que se agolpan las situaciones difíciles, o puede que haya perdido bastante esperanza para poder esperar, o quizá sea que el mecanismo que me permitía ver el futuro con optimismo se me haya quedado obsoleto o que haya renacido una lamentable herencia familiar, que me cuesta mucho trabajo echar fuera de la cabeza cuando aparece, que es la de imaginarme gratuitamente consecuencias negativas para cualquier problema.
El caso es que ahora me cuesta mucho trabajo hacer que aparezca esta idea salvadora de que todo va a tener un final feliz. Tengo la impresión de que no soy yo el único culpable de que esto ocurra: el mundo no colabora nada.
Y estoy convencido de que, salvo el gran último problema, nada es tan grave como para que no tenga arreglo, pero hay días difíciles...

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