domingo, 28 de junio de 2026

El complejo actual

 


La irrupción potente y universal del complejo de inferioridad personal y colectivo está haciendo imposible una vida en la que predomine la tranquilidad.

La competitividad, que habita en las entrañas del neoliberalismo, ha estallado con tal fuerza que se ha instalado en las mentes de los ciudadanos, aun en aquellos que no comulgan con las ruedas de molino individualistas y egoístas neoliberales. Cada uno se siente perdedor -o posible perdedor- en alguna faceta de esa competencia vital y tiene la necesidad de destacar ante los demás como sea: haciéndose más visible, hablando a un volumen mayor que los demás, vistiendo de manera diferente, cortándose el pelo de manera que los demás no se fijen en el ego destrozado que lleva oculto, teniendo más que los demás, ganando más, presumiendo más o logrando una apariencia inigualable.

No deja de ser sorprendente que unos quieran, por encima de todas las cosas,  ser diferentes, mientras que otros, imbuidos de un fascismo poco o nada meditado, quieren eliminar a los diferentes.

A menos que nos refugiemos en la soledad, vivir es luchar contra quienes se dejan llevar en público por ese complejo de inferioridad que les domina. En lugar de dejar de compararse con los otros y de llenarse la mente con algo que merezca la pena, caen en la inacabable guerra de depender de todos, inflando su apariencia con actitudes individualistas y con actos molestos.

Como a esto no le veo arreglo, me levanto de la terraza en la que escribo estas líneas, porque ya no aguanto más a una señora que se ha instalado a dos metros de donde estoy y que está pregonando a todo volumen las estúpidas vicisitudes de su vida, como si estuviera en el plató de alguna cadena entontecedora de televisión, o como si su existencia fuera un modelo a admirar por cualquiera que la oiga. Qué horror.

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