Sus ojos acuosos contenían la tristeza de un pasado devastador y la esperanza indestructible de los seres heridos. Los adornaba y protegía con un maquillaje muy oscuro, con pestañas postizas que recordaban la mirada de las bailarinas de charlestón de los años veinte. En sus entrevistas hablaba abiertamente de sus fracasos, con sensibilidad y sentido del humor; abrumada por las preguntas, pero segura de sus respuestas. Si uno pretendía hacerle un regalo, no acertaría con rosas rojas, como muchos seguidores podían llegar a creer. Un cartón de Marlboro, una botella de champán Dom Pérignon o un cuenco de caviar ruso...
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