Hay algo revelador en cómo se ha contado la historia de Manuela Ballester: siempre en segundo plano, siempre orbitando alrededor de Josep Renau. Y, sin embargo, si uno se detiene a leer sus diarios o a mirar su obra sin ese filtro, lo que aparece no es una figura secundaria, sino una artista e intelectual atravesada por su tiempo, con una lucidez política y una conciencia de clase poco complaciente. “Estoy pasando por una fuerte crisis física y, por lo tanto, moral”, escribió el 2 de mayo de 1939 en Toulouse. No es una frase aislada: es el síntoma de una derrota histórica. La de toda una generación que creyó, no sin razones, que el arte podía ser herramienta de transformación social. La de quienes, como Ballester, tuvieron que huir mientras el franquismo arrasaba no solo un país, sino también su tejido cultural...
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