lunes, 20 de junio de 2011

Ruido




Sólo hay algo más molesto que un pobre cateto que no para de hablar: cuatro juntos. Si la vida, en un arranque de mala sombra, te pone cerca de un grupo de cuatro catetos habladores sin pausa y que no paran de echar bobadas y tonterías, una tras otra, por sus bocas, lo mejor es que cambies de lugar. Lo malo es que tan funesta aparición tenga lugar en el tren, en las cuatro plazas que, cara a cara, están situadas delante de la tuya. El odioso cuarteto estaba formado por cuatro señoras incapaces de callar o de bajar la voz o de darse cuenta de que no están solas en el coche a las cinco de la tarde. Estás encerrado. No te puedes mover del sitio, so pena de hacer el viaje de pie. Con semejante verbosidad no se puede dormir, no se puede leer, no se puede uno concentrar en nada. En realidad no se puede estar con estas cuatro señoras de almas vacías y buche rebosante de palabras.

Nada más llegar se zamparon unas madalenas y ni por eso dejaron de hablar. Una ingenua pasajera cercana se trajo una almohada cervical y un antifaz, pero no cayó en la cuenta de cargar con lo fundamental: unos buenos tapones para los oídos que la aislara del mundo sonoro que engendraban estos cuatro seres hablantes. Aparecieron con unas enormes maletas que, por lo que se oye, es posible que vinieran cargadas de palabras. A un señor que amablemente y sin saber lo que hacía les ayudó a subir las maletas a la repisa le endosaron un trozo de bizcocho, al parecer artesano, con el que viajaban para recobrar energías, a pesar de que el buen hombre les manifestó repetidas veces que no quería bizcocho. Lógicamente, se lo dejaron encima de la mesita como consecuencia de que les dio la gana a sus reales voluntades.

No pararon de hablar en todo el viaje. Ni un momento. Y dale, y dale, y dale. Hicieron el tiempo enormemente lento y largo, y el viaje, eterno, interminable. El ruido no es que acabe con todo, es que no deja empezar nada.

domingo, 19 de junio de 2011

¿Es suficiente la indignación?

Esta es la opinión de Daniel Innerarity.

El himno a la libertad en el 19 J

El cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven se conoce como Himno a la alegría. En realidad, se trata de un texto del poeta Schiller, que había escrito para ser cantado en las logias masónicas, y que tenía el título de Himno a la libertad. Tuvieron que cambiarle el nombre para huir de la reacción antimasónica.

Emociona oírlo ahora en la calle, en una manifestación del pueblo.


Miles Davis


sábado, 18 de junio de 2011

Miles Davis & John Coltrane



Le quitaron su hija a Habiba




Palo fue alumna antes que amiga. Cuando fue alumna yo le pedía que brillara, porque podía hacerlo. Es ahora cuando, en mi opinión, está brillando. Me acaba de enviar el escrito que pongo a continuación. Te pido a ti, lector, lectora, que difundas el problema y que sugieras lo que se te ocurra para que ayudemos a resolver este absurdo asunto. En pocas palabras, se trata de que Habiba se negaba a cesar de darle el pecho a su hija, como le ordenaban en la casa de acogida en la que vivía, y, como consecuencia, le han arrebatado a su hija. Todo depende del Instituto Madrileño del Menor y de la Familia, que debe de ser un organismo de aúpa.


Manuel, estoy muy triste por todo el tema de Habiba...  Esta noche he estado en la vigilia que han organizado, en las puertas de la residencia donde estuvo Habiba con su hija, donde las separaron. Estaba ella y alrededor de 100 madres y padres con bebés y niños. Hemos gritado mucho, cantado y llorado. Habiba está muy dolida y muy cabreada, pero sobre todo estamos preocupados por la niña. Después de 15 meses sin separarse de su madre para nada, de repente le han arrebatado todo su mundo conocido, con las secuelas emocionales y psicológicas tan graves que eso puede ocasionar. Y sobre todo de forma tan injusta, desproporcionada y sin ninguna razón coherente. No es una mala madre, no es una maltratadora, adora a su hija, sabe qué es lo mejor para ella y se lo da.  No tiene recursos y será una tía con carácter y quizás hasta mal encarada, pero no es una mala madre, quiere a su hija y la ha protegido durante toda su vida dándole lo mejor de sí.
Las personas que están organizando toda la ayuda son de total confianza para mí. De hecho ambas (Ibone Olza y Claudia Pariente) llevan a sus hijas al mismo cole que nosotros. Son dos mujeres enormes, dedicadas a defender a las mujeres y a los niños, y a nuestra forma de criar a los hijos con apego. La credibilidad de este caso es absoluta, pero la impotencia también. Ya no se sabe qué hacer, a quién acudir, cómo hacer más ruido para reparar lo antes posible esta injusticia. El tiempo corre en contra de ellas, sobre todo de la niña, es tan injusto haberle provocado estos días de sufrimiento, sin comerlo ni beberlo, sin merecerlo...
Si puedes ayudar algo más a difundir este tema, estaría genial. Y si se te ocurre cualquier cosa que pueda ser de ayuda, me lo dices, ok?
Un beso muy fuerte, Palo.


Eso es todo



Dije “Pues eso es todo”. Terminaron a la vez la clase, el documental sobre la situación de la mujer en el mundo que les estaba poniendo a los alumnos de 1º de Bachillerato y mi actividad como profesor. Había unos quince alumnos porque el resto estaban haciendo un examen de otra cosa. Dije eso, pero nadie captó la intención. Era viernes, a las 13:15, y esas no son buenas horas para la lírica. Yo comprobé una vez más que la vida no se encuentra en los sitios oficiales, en los lugares convencionales, sino en las distancias cortas, en el trato personal, en la cercanía. Así que se fueron, apagué el ordenador y me fui al departamento. No sentía nada. Posiblemente prefería no sentir nada.

A media mañana había ido a ver los horarios de los otros profes que se jubilaban. Bueno, de todos menos uno, al que sólo le tendría que decir que me alegro mucho de que se vaya, pero no me entendería y, además, no tengo ganas de hablar con él. Quería, a ser posible, esperarlos a la puerta del aula tras su última clase y decirle a cada uno que había sido un buen profesor. Lo hice con una profesora, con la que me fundí en un largo abrazo, en medio del cual casi no pude terminar la frase, porque ni me salía ni me dejó ella hablar, ya que me hizo una larga alabanza de mi vida profesional que me dejó bloqueado.

Antes de entrar a mi última clase, fui a ver a otro de los que se van. Permíteme, JB. que lo cuente, porque creo que lo tuyo tenía una fuerte carga simbólica. Me lo encontré en el pasillo, en la puerta de un aula en donde tenía que dar Medidas de atención al estudio, esa estupidez que se ven obligados a dar en los Institutos mientras otros alumnos dan clase de religión, en lugar de hacerlo en las parroquias. Me dijo que se negaba a entrar en el aula, que estaba dando un testimonio de rebeldía en la última clase de su vida, que les había pedido desde el principio del curso un poco de respeto hacia los demás, para que aprovecharan el tiempo y pudieran hacer algo útil. Se lo habían negado a lo largo de todo el curso y en el último día quería dejar bien claro que él no participaba de esa manera de ser y de estar. Los alumnos, por su parte, miraban por la ventana, charlaban y vivían ajenos a los valores que estaban siendo destrozados allí. Le apreté con fuerza el hombro y me fui a mi clase con una extrañísima sensación dentro de mí. Allí se pasó toda la hora, de pie, diciéndole al mundo que los alumnos deberían venir de casa educados y no asilvestrados y dando testimonio de eso tan raro que es la dignidad profesional.

Luego, tras mi clase, en donde me quedó muy claro a mí y a nadie más que eso era todo, me fui a buscar al último de los elegidos. Lo encontré, como siempre, ocupadísimo, con mil cosas en la cabeza y probablemente sin que se hubiera dado cuenta de que era su último día en este oficio. No le dije nada por miedo a producirle un cortocircuito. Le regalé una sonrisa y lo dejé ir.

Unas antiguas alumnas estaban por allí organizando una cena y me fui con ellas a la calle. Estuve paseando un rato sin pensar, pero con un cierto nudo en la garganta que tardó en abandonarme. En casa hice unos macarrones con unas hierbas italianas “Rosso Sicilia” que no quedaron mal y que me ayudaron a despejar la cabeza. Después celebré la efeméride con una pequeña siestecita, me fui a hacer deporte y ahora estoy aquí cansado, como ausente, dispuesto a ocuparme en lo que decida hacer.

He leído todo lo que con tanto cariño me habéis dicho hoy. Me decía Raquel que hoy es un día de cambio para empezar un mañana diferente. El cambio es la gracia de la vida, lo que hace interesante y llamativa y sugerente y apasionante la vida. La rutina y la monotonía son la no vida, pero hay veces que el cansancio nos hace cambiar de punto de vista y lo que es positivo para crecer, lo vemos como un inconveniente, como un obstáculo, como un peso difícil de sobrellevar. Creo que eso es lo que me ha pasado a mí, que he visto el cambio como un castigo divino, como una separación de un mundo habitual, y no lo he visto como la gran oportunidad de que aparezca la savia de lo nuevo, el mañana diferente, seguramente más libre y más mío. Y las estelas en la mar que me recordaba mi amiga P. vienen hoy cargadas de redes sociales a través de las cuales puede haber mucha comunicación. No se puede poner fecha de caducidad a lo que uno es, me dijo Auro y le doy la razón. Sea lo que sea lo que uno es, lo es mientras puede. A lo mejor cambia el modo o el estilo, pero uno no deja de ser lo que es por un detalle administrativo. A lo sumo, puede adaptarse a las circunstancias, pero sin renunciar a ser. Echaré mano de lo que me ha dicho Laura: Tú siempre sabes lo que hay que hacer. Ojalá sea así, Laura.