domingo, 21 de junio de 2009

Donde pisan mis pies



Laura Cabanillas, una antigua alumna y hoy buena actriz, estrena mañana día 22, en la sala Cuarta Pared, la obra Donde pisan mis pies.

Se trata de una composición sobre el destino del inmigrante, sus miedos y sueños, y sobre los sentimientos que se despiertan hacia el pais de acogida y de origen. El montaje trata de mostrar los aspectos desconocidos de la emigración, en un intento por comprender lo que hay detrás de tantas personas, de sus esperanzas y de sus miserias.

La obra está dirigida por Marcelo Díaz y puede verse gratuitamente con sólo reservar una entrada en el teléfono 91 517 23 17.

El estreno tendrá lugar el día 22 de junio, a las 20,30. Los días 23 y 24 de junio habrá también funciones a las 12,30 y a las 20,30.

Mucho éxito, Laura.
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Fíjate bien en este sitio...


Íbamos cargados y cansados. Habíamos estado toda la tarde andando y habíamos ido a la FNAC a comprar unos libros que llevábamos puestos. Bajamos por la calle de la Bola para tomar el autobús que nos dejaría en Príncipe Pío y pasamos por un bar que lamento una barbaridad no acordarme de cómo se llama. Tampoco tengo ningún interés en buscar su nombre. Está casi al terminar la calle, cuando desemboca en la placita en donde está el convento de la Encarnación, y prácticamente enfrente de El Alambique, la tienda de cacharros y de clases de cocina de hace tantos años.

Yo había leído que en ese bar había vinos por copas y unas tapas, entre las que destacaban unas albóndigas, al parecer, de mucho interés. Así que decidimos entrar. El bar es pequeño. Una barra al fondo, una repisa lateral con taburetes y una mesa a la izquierda. Arriba tiene un pequeño piso alto con algunas mesas. Si hubiésemos tenido libre una mesa abajo, la habríamos ocupado, porque el cansancio que llevábamos era de consideración, pero la que había la tenía patrimonializada uno de los camareros que estaba leyendo con mucho detenimiento el Marca. Era tal la concentración que mostraba, que ni siquiera atendía a la posibilidad de que entrara un cliente y quisiera hacer allí alguna consumición. Como lo de arriba parecía más serio, optamos por sentarnos en sendos taburetes en el lateral y pedir una caña y un vino tinto. Me levanté y fui a una pizarra en donde había una relación de los vinos que ofertaban. Vi uno de Toro, región que está en alza y que merece la pena seguir en su evolución.


"Lo siento, le puedo ofrecer un rioja y un ribera, que son los que tengo abiertos."

El camarero hablaba bajito, pero dejaba bien claro que allí había algo que no marchaba. Por no irme y cargar tan pronto con toda la paquetería pesada, opté por pedirle un ribera. Tomó una copa cutre y me puso un vino calentorro, cuya marca no era conocida, creo yo, en muchos kilómetros alrededor del Duero.

Con resignación laica tomé los vasos y me fui a los taburetes con el ánimo por debajo del estómago. Esto es muy clarificador y puedes comprobarlo tú, estimado/a lector/a. Cuando tu ánimo está situado por encima de la boca del estómago, eres capaz de cambiar el mundo con sólo alzar los brazos y dar un grito de guerra. Pero cuando el ánimo está por debajo de ese límite metafísico, es seguro que algo anda mal y que puede ocurrir lo peor.

Yo, que había entrado en el bar con el ánimo ya por la zona lumbar, zona que soporta mal las bolsas llenas de intelectualidad, me fui a los taburetes con el vino aquel y con el ánimo ya por los gemelos, que tampoco se llevan muy bien con el transporte de la letra impresa.


Pues nada, pensaba yo, nos tomaremos esto -¡y a palo seco, qué disparate!- y nos
iremos a otro lado, o a casa.

Andaba yo reinando en estos planes, cuando veo al camarero que me sirvió – el otro no había concluido aún el Marca- que, en una pequeña tabla que tenía en la entrada de la cocina, estaba partiendo pan y chorizo. El chorizo y yo no tenemos nada que ver el uno con el otro. Vivo mejor sin él y no tengo planes de cambiar esta relación basada, de día, en la indiferencia y, de noche, en el puro rechazo. El caso es que aquel señor de voz tan queda partió dos rodajas de pan y otra dos de chorizo. Tomó un platito, una conchita -atención Argentina, que en España esto es un platito ovalado en donde te ponen una tapa, un aperitivo para acompañar la bebida- y puso allí las dos rebanaditas de pan y encima, con los mismos dedos con los que tomaba el dinero de los clientes al cobrarles la consumición, una rodaja de chorizo y ¡zas! la segunda rodaja fue a parar al suelo. Estoy seguro que esta segunda rodaja me había visto y había renunciado a un destino tan aciago como el de venir a situarse delante de mi para que la ninguneara con mi rechazo frontal.

A mí en estos casos se me dispara el olfato y olí que allí había espectáculo. Me concentré en la escena y observé el desenlace de la jugada. Fue seguramente la crisis, o el recuerdo de los tiempos del hambre, en la postguerra, o la ignorancia, o cualquiera sabe qué profundo resorte fue el que hizo que aquél respetable señor doblara el espinazo, sin siquiera mirar si estaba siendo observado o no, y recuperara del suelo aquella rebelde lonchita de chorizo, la situara encima de su correspondiente rebanadita de pan, en el platito, y que en seguida nos la trajera hasta donde estábamos. Con toda naturalidad y como si no hubiera ocurrido nada, nos depositó aquel manjar en la repisa, junto a la caña y al vinito de la ribera del Duero.

Cuando el tipo se dio la vuelta, el ánimo estaba ya por los tobillos. Y yo no sé si soy demasiado pacífico o demasiado tonto, pero no me apetece montar un cirio en estas situaciones y gastar todas las energía, las pocas que quedaban, luchando con un tipo desconocido que cualquiera sabe por dónde te va a salir. Ya lo he hecho en alguna ocasión -recuerdo una gloriosa, en Alicante- y he concluido que no merece la pena el esfuerzo. Así que pedí la cuenta -tres euros y pico- y nos fuimos a la calle. “Fíjate bien en este sitio...” es la frase clave que usamos para decidir que en ese lugar no se nos ha perdido nada y que por tanto no pensamos volver a él.

De vez en cuando pasan estas cosas. Todavía.

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viernes, 19 de junio de 2009

Días largos


Me recuerda mi amiga P. que debo disfrutar del sol de junio. Tiene razón y hago lo que puedo. Pero a mí, de junio, más que del sol, me gusta disfrutar de la luz, que es lo mismo, pero que no lo es. Me gustan esos días largos, en los que a las diez de la noche todavía hay resplandor y en los que te levantas y fuera ya hay luz. Siempre que hay fiesta, hay luz. Una verbena sin luz no es una verbena. La luz convierte la vida en una fiesta para los sentidos, para el ánimo y para todo lo que uno es. Espero que no se me pase disfrutar cada día de la luz. Sobre todo, de la luz del atardecer, la que más me gusta, la más cálida, la más tierna, la más gratificante para ver monumentos. Son buenos momentos para disfrutar de la belleza.
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Ya se acerca el triunfo final / 2


La segunda parte del catálogo la ocupa la mierda ociosa, formada por todo un conjunto de artefactos tecnológicos destinados a matar el tiempo, es decir, a matar la vida. Nos encontramos aquí con la mierda de las consolas, la mierda de los reproductores de discos con auriculares, la mierda de los juegos electrónicos, la mierda de los teléfonos móviles y, en fin, toda la serie de cacharros que, a través de pantallas y de teclas, sirven para fomentar el aislamiento estéril, el ensimismamiento empobrecedor y el individualismo deshumanizante. El sentido de los productos de la mierda ociosa no es otro que el de que los consumas y los uses, cuantas más horas mejor, hasta que adquieras el hábito de olvidarte de que existen los demás y, sobre todo, de que existes tú mismo. La mierda ociosa es capaz de entronizar cualquiera de sus aparatos y de convertirte a ti en su súbdito inconsciente. Esto explica situaciones tan estúpidas como la del que se pone a hablar por el teléfono móvil en mitad de la calzada, o conduciendo, o la del que se va a un concierto, o al teatro o a clase con el mismo artefacto conectado, o la del que se pasa horas y horas de chateo, contándole sinsustancias a un desconocido, o la de esos aprendices de cretinos que emplean desconsoladamente su tiempo en luchar contra una consola.

La contraportada la ocupa la mierda alimentaria. Se incluye aquí la mierda que los panaderos, carniceros y demás expendedores de alimentos tienen en sus atuendos y en sus manos, con las que tocan la mierda del dinero y con las que luego te dan el pan o te cortan el filete. También pertenecen a este apartado las altas concentraciones de colesterol disimuladas bajo las variadas formas de la mierda de la pastelería industrial. Y no se pueden omitir la mierda de las bebidas de garrafón, misericordioso procedimiento por el que se intenta que los pobres y los jóvenes lleguen cuanto antes a su meta final. Por último, para no confundir el catálogo con un inventario, se reseña la mierda de la comida rápida, peste en la que la hamburguesa se ha convertido en el producto cuya sola mención se ha asociado estadísticamente más veces con la mierda.

En cuanto a la mierda humana, es conveniente analizarla en sus dos presentaciones: la mierda interior y la mierda exterior. Aunque ambas están también interrelacionadas, la mierda interior es distinta de la exterior. La exterior se ve y se puede eliminar por frotamiento con el estropajo. (El lector desocupado que tenga interés por este asunto puede consultar el luminoso libro de Dominique Laporte, Historia de la mierda, publicado en la editorial Pretextos) La mierda interior, en cambio, es metafísica, pero posee una enorme facilidad para transformarse en física, y, a pesar de que no se ve, se sufre, no tanto por quien la posee, sino por los demás. No hay en el mercado productos que la eliminen, y, lo que es peor, no se investiga demasiado en ello. Algunos parecen intuir que un posible remedio podría venir por la vía de algún tipo de intervención quirúrgica del estilo de las conversiones paulinas. Pero éstas son hoy raras y difíciles porque ni hay buenos cirujanos ni los pacientes están dispuestos a cambiar voluntariamente otra cosa que no sea su funda corporal aparente. El lugar que en la antigüedad tenía la Gracia, esa intervención divina que ayudaba al ser humano a cambiar para mejor, lo ocupan hoy la silicona y el lifting, éste usado en lugar del arrepentimiento en el caso de alteraciones veniales.


(Continuará...)

jueves, 18 de junio de 2009

Ya se acerca el triunfo final / 1



El avance evidente de la mierda me ha hecho recordar algo que escribí hace unos años y que me parece que no ha aparecido aquí. Como no tengo tiempo para casi nada, aprovecho para traerlo. Habría que actualizarlo, pero las urgencias hacen imposibles las necesidades. Como es largo, va en trozos. Ya me dirás.

Un componente del universo, presente en él desde sus orígenes y cuyo nombre está maldito para algunos, muy finos, que no aceptan ni pronunciarlo ni oírlo, viene incrementando su influencia y su poderío en nuestros días. Es la mierda.

Antiguamente a la mierda se la denominaba el mal, pero esto no era más que una estrategia propia de gente leída para huir hacia la estratosfera metafísica, tratar allí muy inteligentemente el problema y dejar mientras tanto aquí abajo la verdadera mierda pudriéndolo todo. No vamos a hablar, por tanto, del problema del mal, sino de la existencia real de la mierda.

Los desastres que produce la mierda no parece que tengan, ni mucho menos, solución. No obstante, de la misma manera que se hace con cualquier otra realidad, se debe tomar conciencia de la existencia de la mierda, analizarla y tratar de prever sus calamitosos efectos.

Una primera aproximación al análisis de la mierda nos llevaría a distinguir entre la mierda social y la mierda humana. Ambas están profundamente relacionadas entre sí, no en vano la primera es hija predilecta de la segunda, de la cual emana.

Si desplegamos el catálogo de presentaciones de la mierda social, nos encontramos en primer lugar con la mierda comunicativa, en donde la televisión ocupa el lugar del producto estrella. Desde este punto de vista, la televisión puede ser considerada como un fractal, ya que tanto en su totalidad como en sus partes tiene la misma estructura: es mierda de altísima calidad.

Luego, nos topamos enseguida con la mierda medioambiental, con una amplia gama de precios y modelos. Algunos de estos tienen la sorprendente cualidad de ser invisibles a distancias cortas, detectándose muy bien, en cambio, desde lejos. Hay modelos que incluso, aunque no los veas, te afectan a los ojos y te hacen llorar. La mayoría de ellos te producen enfermedades y, aunque no siempre lleguen a matarte, te convierten en mierda humana.

En las páginas centrales del catálogo hallamos la mierda política, con una enorme panoplia de variantes, enmascaradas todas ellas con llamativos e ingeniosos eufemismos: así, a los contratos de mierda para trabajar de mala manera y cobrar poco se los llama contratos basura; a los dormideros de mierda se los califica de infraviviendas; a la mierda de vida hipotecada hasta la muerte que producen los precios de mierda de las viviendas, en donde un ladrillo de mierda cuesta igual que un lingote de oro, se la denomina especulación o, más dulcemente, liberalización del suelo; a la mierda de trato que se le da a los enfermos se le designa como listas de espera o también saturación; a la mierda de educación, cuya responsabilidad se quiere endosar en exclusividad a los profesores, pero en la que colaboran con igual intensidad, por acción u omisión, los padres, la televisión, los dirigentes, los votantes, la legislación y los propios alumnos, se la califica de fracaso escolar; a la mierda de condiciones de inseguridad en las que trabajan los obreros se le endosa el tétrico apelativo de siniestralidad laboral; a la manera de resolver los problemas tarde y mal, dejando todo el tiempo posible para que la mierda haga un poco más de efecto, se le atribuye el término técnico de burocracia; a la creación de mierda bajo la forma de una estructura económica mundial que permita que se incremente el negocio de unos pocos a costa del empobrecimiento cada vez mayor de todos los demás se le llama globalización; a algunos de los seres que se dedican a la cosa pública y que se caracterizan por su incapacidad, su inmoralidad, su afición por la mentira, su torpeza, su afán por sobrevalorar el interés propio por encima de cualquier otro, sin importarles que se note demasiado, y por la concentración que muestran de múltiples variantes de la mierda, se les llama neoliberales.


(Continuará...)

miércoles, 17 de junio de 2009

Lo que está por venir


-¿Te quieres callar?
No me hizo ni caso.
-¿Te quieres callar?, le dije un poco más alto.
Siguió a lo suyo y ni se inmutó.
- Oye, ¿te quieres callar?, insistí.
Parecía como si fuera sordo o como si no quisiera oírme.
- Pero ¿te quieres callar?, le dije en un tono serio y a un volumen como para que me oyera toda la clase.
Volvió la cara hacia mí. Con una expresión de naturalidad, de evidencia teñida de una cierta sensación de molestia, me contestó:
- Es que no quiero callarme.
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martes, 16 de junio de 2009

Jubilación. ¿Júbilo?


Se están yendo.
En cuanto pueden, se van.
Los profesores se están jubilando antes de lo que preveían hace años.
No están cansados. Están hartos.
No es que hayan perdido la ilusión, es que se la han quitado.
Los han dejado solos. Nos están dejando solos.
Los padres, en general, no ejercen de padres. Están perdidos. Se pusieron a procrear, quizás por rutina, quizás porque se lo mandaba el cura, pero sin tener ni idea de en dónde se metían.
La legislación hay veces que parece que la ha hecho el enemigo un sábado por la noche.
Los políticos van arrastrando por la vida sus traumas, sus prejuicios, sus rencores, sus ignorancias o sus intereses.
Y nos estamos quedando solos.
Ayer fue José Antonio. El otro día, Ramón. Antes, muchos más. Y el comentario más oído es: “Yo, en cuanto pueda”.
Me da miedo el futuro del país. Y me da pena el futuro de tantos alumnos, a los que se diría que los han invitado a una fiesta en la que casi no hay ni comida, ni bebida. Ni siquiera música.
La mierda avanza.

lunes, 15 de junio de 2009

Los he pillado copiando


Tengo que hacer un nuevo libro para 2º de Bachillerato. De hecho, en eso estoy. He estado buscando información por los libros y por Internet para poder hacer una cosa que quede bien, documentada y útil. Y ¡hay que fastidiarse! He encontrado unos contextos históricos, socioculturales y filosóficos que me sonaban una barbaridad. Estaban en la página de un colegio concertado de aquí al lado, el Amanecer (glorioso nombre, por cierto). He ido a consultar mi libro y resulta ¡que me los han copiado! Para despistar, les han cambiado alguna frase del principio, pero luego ¡zas!, al pie de la letra.

¿En quién crees que he pensado cuando he visto esto? ¿En los profesores del colegio? No. Están demasiado explotados y algunos andan mal. Conozco a una de ellas, de un colegio vecino a este que me ha hecho el honor de elegir mis escritos, que no sabe que KrV significa Crítica de la razón pura, o sea, que de Kant debe saber poco. No. He pensado en doña Esperanza Aguirre Gil de Biedma, condesa consorte de Murillo y Presidenta de la Comunidad de Madrid. Esta egregia señora emplea cada vez menos fondos en educación (¿a que ya se va notando con más facilidad en la calle?), pero, de los que emplea, cada vez más van a parar a estos colegios en los que todo vale, en donde el negocio es lo primero y en donde los valores humanos los dejan en un almario en la puerta.

Padres que me leéis (¿habrá alguno?): mandad a vuestros hijos a estos colegios. Allí les enseñarán a copiar y a usar lo que no es suyo, les engañarán inflándoles las notas y les hablarán de decencia, aunque luego no la vean por ningún lado. Y seguid votando a la eximia doña Esperanza. Es muy importante para vosotros que la sigáis votando. Un trozo de mierda en el suelo se nota mucho. Pero si se cubre todo el suelo de mierda, parece que ya no hay otra cosa. De eso se trata.

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