La primera profesora de literatura que tuve en el instituto me cambió la vida, luego vinieron muchas otras que ocupan un importante hueco en mi corazón, pero fue la primera de ellas la que determinó mi vida. Con ella entendí que quería estudiar filología y también que quería hacerlo exactamente en la ciudad en la que lo hice; y no hay decisión que hasta ahora haya marcado más mi vida. Sin embargo, no fue lo único que esa mujer hizo por mí y tampoco el motivo por el que hoy la traigo a colación. Me acuerdo hoy de Maribel, hoy y muchos días, porque un invierno frío de mi adolescencia se paró delante de nuestra clase y nombró sus patas de gallo, las arrugas de su frente y de sus labios; mientras nos decía que eran el símbolo palpable de su experiencia vital, y que se negaba a esconderlas...
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