Cuando alguien se pregunta por qué la igualdad entre hombres y mujeres avanza tan despacio, suele buscar la respuesta en el terreno de las actitudes individuales: el machista de turno, el chiste fuera de lugar, el hombre que no cede. Pero la antropología, la sociología y la historia económica llevan décadas mostrando algo más incómodo: la resistencia a la igualdad no nace de un capricho ni de un impulso biológico descontrolado. Nace de una arquitectura de intereses que ha tardado milenios en construirse, y que no se desmonta con buenas intenciones...
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