Una cosa es la ancianidad. Consiste en tener muchos años, con el lógico deterioro físico. Y otra cosa es la vejez. Esta aparece cuando una persona decide voluntariamente que el otro, los otros, desaparezcan de su vida y quede solo él, su yo. Cuando el egoísmo de adueña de sus pensamientos, de sus palabras y de sus actos, esa persona ha llegado al estado de viejo, aunque su cuerpo reaccione físicamente muy bien.
La vejez puede llegar a cualquier edad. Da una pena enorme ver a adolescentes de pocos y de muchos años años gritando y practicando el individualismo, como si solo ellos existieran en el mundo, defendiendo lo que no saben, vociferando lo que no entienden y olvidándose de que la vida es de todos, que todos nos necesitamos y que solos no podemos hacer nada en la vida.
Hay una parte de la sociedad que está muy vieja, quizá porque han cambiado el libro por las pantallas, porque nadie les ha contado en qué consiste ser joven o porque el gusto por lo fácil les ha crecido demasiado. Y pasar de viejo a joven no es tarea sencilla, pero la vida es, en el fondo, disfrutar de la eterna juventud.
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